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Y SE FUE CON EL VIENTO

Historia de un refugiado en busca del sueño americano

 

 

¿Cuánto estaría usted dispuesto a arriesgar si quedarse significara renunciar para siempre a su futuro?

Un joven camina solo por una carretera perdida en el desierto de La Guajira, al norte de Colombia.

No llega todavía a los veinticinco años.

Está hambriento, deshidratado, quemado por el sol y tan agotado que comienza a confundir el horizonte con espejismos. Hace días que apenas come. Ha perdido la noción del tiempo y, por momentos, también la esperanza.

No lleva prácticamente nada.

Ni dinero.

Ni seguridad.

Ni siquiera sabe con certeza qué encontrará al final del camino.

Pero continúa caminando.

Su nombre es Victoriano Bukowski.

Y poco tiempo atrás su vida había sido completamente diferente.

Cuando una vida puede desaparecer

Victoriano había pertenecido a una familia acomodada de Venezuela.

Era estudiante universitario. Tenía una casa, una familia y un futuro que parecía razonablemente previsible.

Hasta que todo comenzó a derrumbarse.

La empresa familiar y sus propiedades se perdieron. Su padre desapareció después de ser encarcelado. La situación económica se volvió desesperada y Victoriano terminó participando en una manifestación contra el gobierno.

El 24 de enero de 2015, durante una protesta, un ladrillo lo golpea en la cabeza.

Cuando recupera la conciencia está cubierto de sangre.

Y va camino a prisión.

Su destino será Ramo Verde, el Centro Nacional de Procesados Militares.

Allí deja de ser Victoriano Bukowski.

Para sus carceleros pasa a ser simplemente:

53859.

Comienzan entonces el hambre, los golpes, los castigos, la humillación y el deterioro físico y psicológico.

Hasta que, después de ocho meses, ocurre algo inesperado.

Un representante de una misión de la OEA llega a la prisión y le anuncia que se ha tramitado su liberación por razones humanitarias.

Victoriano regresa a casa.

Pero ya no es el mismo.

Y sabe que debe marcharse.

“Me tengo que largar de este país”

Ocho días después de recuperar la libertad, Victoriano toma una decisión.

Dejará Venezuela.

Su madre comprende que detenerlo sería condenarlo a una existencia sin futuro. Antes de despedirse intenta transmitirle algo que Victoriano llevará consigo durante buena parte del camino: la convicción de que haberlo perdido todo no significa necesariamente que sea imposible comenzar otra vez.

Poco después, al atardecer, Victoriano se despide de su madre y de su hermano menor.

Y entonces sucede aquello que da título a la novela:

se fue con el viento.

Rumbo a la frontera.

Rumbo a Colombia.

Rumbo hacia una posibilidad todavía incierta de comenzar de nuevo.

El camino hacia el norte

Pero salir de Venezuela es apenas el comienzo.

Victoriano atraviesa Colombia y finalmente llega a uno de los lugares más temidos por quienes emprenden la ruta migratoria hacia Norteamérica:

el Tapón del Darién.

Cien kilómetros de selva, montañas, pantanos, ríos, barro y caminos donde un error puede significar la muerte.

La novela no convierte aquella travesía en una aventura romántica. Victoriano descubre muy pronto que el Darién puede ser un territorio brutal.

Ve personas exhaustas.

Conoce a otros refugiados procedentes de diferentes rincones del mundo.

Observa el negocio de quienes se aprovechan de su desesperación.

Y presencia tragedias que lo acompañarán durante años.

Sin embargo, sigue adelante.

Un paso.

Después otro.

Y otro más.

Porque cuando regresar significa volver al lugar donde todo se perdió, incluso avanzar hacia lo desconocido puede parecer una forma de esperanza.

Pero llegar no significa haber triunfado

Y se fue con el viento no termina cuando Victoriano consigue dejar atrás la selva.

El índice revela el verdadero alcance de su viaje: México, historias de otros migrantes, Karla Cohen, la universidad, el trabajo, oportunidades profesionales, un compromiso matrimonial, nuevas dificultades y, finalmente, el reencuentro con algunos de aquellos compañeros que alguna vez compartieron con él el camino.

Porque el sueño americano que persigue Victoriano no aparece de repente al cruzar una frontera.

Tiene que construirlo.

La novela comienza entonces a transformarse.

El refugiado que un día caminaba hambriento bajo el sol de La Guajira deberá aprender a estudiar, trabajar, adaptarse, aprovechar oportunidades y reconstruir desde cero una vida que parecía destruida.

Y allí aparece uno de los temas centrales que el propio autor plantea desde el prefacio:

la resiliencia.

Caer.

Levantarse.

Volver a caminar.

Y comprender que los sueños difícilmente se alcanzan esperando un golpe de suerte.

Una novela sobre quienes un día tuvieron que marcharse

Aunque Victoriano es el protagonista, Y se fue con el viento abre progresivamente la mirada hacia otras historias.

Porque en las rutas migratorias nadie lleva solamente una mochila.

Cada persona carga una historia.

Una familia.

Una pérdida.

Una razón para haber abandonado su casa.

Y una imagen —quizá real, quizá idealizada— de aquello que espera encontrar al otro lado.

Por eso la novela habla de refugiados y migrantes, pero también de dignidad, perseverancia, amistad, educación, trabajo, oportunidades y reconstrucción personal.

El llamado “sueño americano” deja entonces de ser simplemente un lugar geográfico.

Se convierte en una pregunta:

¿Es posible reconstruir una vida después de haberlo perdido prácticamente todo?

De 53859 a Victoriano Bukowski

Quizá esa sea la verdadera travesía de esta novela.

No solamente los miles de kilómetros recorridos desde Venezuela hacia el norte.

No solamente La Guajira.

Ni el Darién.

Ni México.

Ni finalmente los Estados Unidos.

La distancia más importante es otra:

la que existe entre aquel prisionero al que intentaron arrebatarle hasta su nombre y el hombre que intenta recuperar el derecho a decidir qué hacer con su propia vida.

Y se fue con el viento es la historia de un refugiado.

Pero también es una novela sobre algo mucho más universal:

la posibilidad de comenzar de nuevo.

Porque a veces marcharse significa dejar atrás una vida entera.

Una casa.

Una familia.

Un país.

Una identidad.

Pero mientras exista la voluntad de dar todavía un paso más, quizá quede también una oportunidad para reconstruir lo que parecía definitivamente perdido.

Victoriano Bukowski se fue con el viento.

No sabía exactamente adónde llegaría.

Solo sabía que ya no podía quedarse.

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